Ansiedad y estrés
Cuando la mente no para y el cuerpo vive en alerta, el día a día se hace cuesta arriba. Se puede entrenar una respuesta distinta y recuperar calma.
Señales habituales
- Preocupación constante o sensación de amenaza “en el fondo”.
- Tensión física (mandíbula, cuello, pecho), cansancio e irritabilidad.
- Dificultad para desconectar: rumiación, anticipación, darle vueltas.
- Insomnio o sueño poco reparador (te duermes cansado/a y te levantas igual).
- Evitación: de lugares, planes o decisiones por miedo a pasarlo mal.
- Síntomas físicos: palpitaciones, opresión, nudo en el estómago, mareo.
No hace falta “estar al límite” para pedir ayuda. A veces lo que más pesa es vivir en modo aguante: funcionar por fuera, pero con mucho desgaste por dentro.
El círculo que suele mantenerla
La ansiedad y el estrés tienden a engancharse a un patrón muy humano: notas una señal (física o mental), la interpretas como peligrosa, intentas controlarla con urgencia… y esa urgencia hace que aumente. Con el tiempo, el cuerpo aprende a estar en guardia incluso cuando no toca.
- Hipervigilancia: mirar hacia dentro buscando “señales” y acabar encontrándolas.
- Evitación: alivia a corto plazo, pero a largo plazo agranda el miedo y reduce tu vida.
- Sobreexigencia: “tengo que poder con todo” + poca recuperación = más fragilidad.
- Hábitos que empeoran: sueño irregular, exceso de cafeína, pantallas tarde, no parar nunca.
En terapia
Trabajamos con un enfoque práctico y basado en evidencia (habitualmente cognitivo-conductual), adaptándolo a tu caso. La idea no es “eliminar emociones”, sino recuperar margen de decisión: que la ansiedad esté, pero no lleve el volante.
- Entender qué dispara la respuesta de alarma (situaciones, pensamientos, hábitos, contexto).
- Entrenar regulación: respiración, atención, tolerancia a sensaciones y gestión de la activación.
- Revisar interpretaciones y exigencias que alimentan el ciclo (sin auto-culpa).
- Reducir evitación con pasos graduados cuando aplica (exposición planificada y segura).
- Plan de estrés: límites, descanso real, organización y rutinas que se puedan sostener.
Entre sesiones
Para que el cambio se note, solemos proponer tareas pequeñas y realistas. No es “más deberes”: es practicar lo justo para que tu sistema aprenda algo nuevo.
- Registros breves (qué pasó, qué pensaste, qué hiciste, qué efecto tuvo).
- Entrenamiento de habilidades 5–10 min al día (según tu situación).
- Experimentos conductuales: comprobar en la práctica lo que el miedo “asegura”.
- Pequeños ajustes de higiene del sueño y recuperación.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
- Si estás evitando cosas importantes (trabajo, conducir, salir, reuniones, decisiones).
- Si tu sueño, energía o concentración están tocados la mayor parte de la semana.
- Si hay crisis de ansiedad/pánico o síntomas físicos que te asustan con frecuencia.
- Si sientes que vives “en alerta” y ya no recuerdas cómo es estar en calma.