Duelo y pérdidas
Perder a alguien (o algo importante) cambia el mundo por dentro. El duelo no es olvidar: es aprender a sostener el dolor y seguir viviendo.
El duelo no es una “fase” ordenada
El duelo suele ir a ráfagas: días relativamente estables y, de repente, un golpe (una canción, una fecha, un olor, una calle). No significa que estés “retrocediendo”. Significa que tu vínculo y tu historia siguen teniendo peso.
- Tristeza y vacío, pero también alivio, enfado o incluso momentos de calma.
- Desconcierto: “sé que ha pasado, pero no lo asimilo”.
- Culpa por lo que hiciste o no hiciste, o por empezar a sentirte mejor.
- Síntomas físicos: nudo en el estómago, presión en el pecho, fatiga, falta de apetito.
- Dificultad para concentrarte y para sostener lo cotidiano un tiempo.
Pérdidas que también duelen (y a veces se invalidan)
No todas las pérdidas vienen con un “permiso social” para estar mal. Y, sin embargo, pueden doler mucho.
- Rupturas y separaciones (aunque la decisión haya sido tuya).
- Pérdida de salud, cambios físicos o diagnósticos.
- Fertilidad y maternidad/paternidad: abortos, pérdidas gestacionales, tratamientos largos.
- Mudanzas, migración, pérdida de un lugar o de una etapa de vida.
- Pérdida de trabajo, proyecto o identidad profesional.
Acompañar el duelo también es darte legitimidad: si duele, importa.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
- Si pasan los meses y sigues sin poder retomar lo básico (sueño, trabajo, rutina) de forma sostenida.
- Si hay culpa muy intensa o rumiación constante (“si hubiera…”).
- Si te sientes bloqueado/a: como anestesiado/a o desconectado/a de todo.
- Si el duelo se mezcla con ansiedad, pánico o síntomas físicos que te asustan.
- Si aparece consumo de alcohol/drogas para “aguantar”, o aislamiento total.
- Si hay ideas de no querer vivir o autolesión: aquí es importante pedir ayuda cuanto antes.
Pedir apoyo no significa que estés “mal”. Significa que estás cargando con algo grande en solitario.
En terapia
El objetivo no es acelerar el duelo ni forzarte a “pasar página”. Es ayudarte a elaborarlo de forma segura: darle lugar al dolor, ordenar lo vivido y reconstruir sentido sin traicionarte.
- Crear un espacio donde poder hablar sin “censura” (rabia, culpa, alivio, ambivalencia).
- Trabajar la culpa y los “si hubiera…” con perspectiva y compasión, sin negar la realidad.
- Regular la activación: sueño, ansiedad asociada, picos emocionales y fechas señaladas.
- Reforzar apoyos y rutinas mínimas para sostenerte mientras duele.
- Reintegrar el vínculo: recordar sin quedarte atrapado/a, y construir una continuidad vital.
Entre sesiones
Según el momento del duelo, proponemos prácticas suaves y respetuosas: no se trata de “hacer mucho”, sino de acompañarte bien.
- Rutinas de base: sueño, alimentación, movimiento y contacto social mínimo.
- Escritura guiada o cartas (cuando ayuda a ordenar lo que no se puede decir en voz alta).
- Preparación de fechas difíciles: planes realistas y estrategias de autocuidado.
- Ejercicios de atención/respiración si hay picos de ansiedad o síntomas físicos.
Dudas habituales
- “¿Cuánto dura un duelo?” No hay un calendario único. Lo importante es cómo evoluciona tu capacidad de vivir, descansar y conectar, aunque el recuerdo siga ahí.
- “Me siento peor cuando estoy ‘bien’.” Es muy común: cuando baja la urgencia, aparece el impacto. No es incoherencia; es tu sistema procesando.
- “No quiero preocupar a mi familia, por eso no hablo.” A veces el silencio protege a otros, pero te deja solo/a. En terapia buscamos formas seguras de sostenerte sin cargarte más.